lunes, 31 de octubre de 2016

EL DÍA DE ALBERTO


Habitación 712.
Todos los días las mismas 4 paredes blancas, inmunes a la enfermedad y al sufrimiento que contienen.  Las 6 de la mañana, el alba ni siquiera ha empezado a desperezarse; pero la enfermera de turno ha entrado como todos los días a pinchar a mi madre. Al principio trataba de aprenderme los nombres de todas las enfermeras, los médicos y todo el personal del hospital que atendiera a mi madre o a mi padre, antes de morir. Al menos las primeras 2 ó 3 hospitalizaciones. Después ya daba lo mismo. Algún nombre se me quedaba, por supuesto; pero lo único que quería era salir de allí.
—Buenos días, Juana. ¿Ha pasado buena noche?
Mi madre balbuceó algo incomprensible. Se había pasado la noche revolviéndose en la cama, así que no, no había pasado buena noche. Y para cuando habían conseguido conciliar algo de sueño ¡las 6 de la mañana! Pero entiendo que lo hacen por su bien.
—Siga durmiendo un poco más, Juana.
La mujer se fue con su botín en la mano y sus herramientas en la otra, hasta el carrito que la esperaba en la entrada de la habitación.
—¿Hijo, dónde estamos?
—En el hospital, mamá. No te preocupes.
Cerré los ojos y conseguí volver a evadirme de aquel desquiciante lugar. Al volver a abrirlos ya había luz, el chico que trae normalmente el desayuno estaba ayudando a mi madre a incorporarse. Me levanté, algo avergonzado pero ya curado de espanto y les ayudé a finalizar el remolque. Mi madre nunca había sido una mujer delgada y aunque la enfermedad la había robado parte de su apetito y de su peso; no había podido todavía con su larga vida de esfuerzo diario. Eché un ojo a la bandeja y suspiré. Un café, unas galletas y un zumo de naranja. Y, sin lugar a dudas, la mejor comida que le servían en aquel lugar. Al menos ella no pagaba por aquella basura. Bueno, lo pagaba con sus impuestos; pero no tenían que rascarse el bolsillo en el acto. A mí me tocaba acercarme a la cafetería a que me sirvieran lo mismo por 10 euros. O 12, dependiendo de la hora. ¿Cuánto queda para salir de aquí?
—Traga con cuidado, mamá.
Los médicos se dejaron caer cuando mi madre estaba a la mitad del café. Dependiendo del día, pasaban mientras comía o mientras iba al baño justo después. He llegado a pensar que lo hacen adrede, esperando mientras se carcajean en su salita de pensar. Hoy tocaba visita de 5 minutos, no había cambios y no estaba el médico pesado al que le gustaba profundizar en la vida de sus pacientes. Las primeras veces había cogido cariño a ese médico, incluso me había aprendido su nombre; pero después de un par de ingresos comencé a valorar a los escuetos. Al fin y al cabo, unos y otros acababan diciéndote lo mismo: es lo mismo de siempre, hay que ponerle el tratamiento y esperar a que mejore. Pero bueno, no puedo negar que a mi madre le cae bien el pesado. A todos nos gusta que nos escuchen. Fui a preguntar si se sabía cuándo podrían irse de alta; pero desistí. La analítica está mejor; pero mañana veremos. El tratamiento parece estar haciendo efecto; pero estas cosas llevan su tiempo. Y no puedo decir que no tengan razón. Una vez nos pasamos sólo 3 días y al final hubo que volver y estuvimos mucho más. Y desde luego mi madre no lo pasó nada bien, la pobrecilla. Cuando los médicos nos despidieron con sus educadas sonrisas de siempre, me senté junto a mi madre. Verla allí, atragantándose con una magdalena, me acobarda. Mi madre siempre había sido una mujer de armas tomar. Y allí estaba, indefensa ante la enfermedad y la vejez. ¿Y qué va a ser de mí, que soy un pelele que no aguanto ni un partido de fútbol ni una discusión con mi jefe? En fin.
Las 11:35. Se está retrasando. Salgo al pasillo y voy a la vigilanta, como la llamo yo.
—¿Disculpe, mi madre tiene hoy alguna prueba programada? Es que no nos han dicho nada.
En realidad quería salir de la habitación con alguna excusa. Sabía que no tenía ninguna prueba, aunque es cierto que no nos habían dicho absolutamente nada. Precisamente por eso imaginaba que no habría nada que hacer en todo el día. Pero bueno, quería salir. Así podía ver cuánto le quedaba a Susana para llegar a la habitación. Vi su carrito de la compra, como lo llamaba ella, en la 715. Bueno, hoy se ha retrasado; pero ya queda poco. Volví con mi madre sin siquiera escuchar realmente la cordial respuesta de la enfermera vigilanta.
—Mamá. ¿Qué tal estás hoy? ¿Te apetece ver la telenovela?
—Quita, quita— arrancó a toser—. Ayer decidí que mi cerebro no puede más con esa basura. Así que me he puesto a leer el libro que me trajo la Flequi.
Así llamábamos a la hija mayor de mi hermano pequeño. Tiene un flequillo un tanto estrambótico; pero en fin, a estas alturas se ve de todo en todas partes. Lo mismo llegaba a Presidenta del Gobierno. No podía negar que era lista, eso sí.
—¿Y de qué va?
Mi madre torció el gesto.
—Yo qué sé. Se supone que es de la segunda guerra mundial. Como si por ser vieja me tuviera que gustar la segunda guerra mundial.
—Por ser vieja y por votar a quien tú ya sabes.
—Albertito, no nos metamos en zarandajas.
Sonreí. Me encantaba discutir con mi madre. Ella me miró y sacudió la cabeza. Volvió su atención de nuevo a las penurias de los judíos de un campo de concentración y yo me puse a leer el periódico en el móvil. Un rato más tarde llamaron a la puerta.
—¡Buenos días, Juana! ¿Cómo estamos hoy? –Susana entró como un huracán en la habitación, como siempre—. ¡Menudo día llevo! Un señor del piso de abajo se ha cagao en el suelo y me lo ha dejao… ¡ay cómo me lo ha dejao! –Mi madre se rió entre dientes mientras veía a Susi pasar la escoba por el prístino suelo—. Bueno, bueno, bueno… ¡un despropósito! Pero ¿qué le vamos a hacer? El pobre señor lo ha pasado peor y después…
Y así siguió prácticamente 10 minutos ininterrumpidos. Después nos preguntó que qué tal íbamos y nos escuchó mientras cambiaba las sábanas y sacudía la cabeza indignada. Y se puso a despotricar contra los médicos y contra las enfermeras y contra el hospital. Sonreí ante su diatriba final y miré a mi madre. Mi pobre madre que, enferma y vieja como estaba, reía a carcajadas como una niña con aquella mujer que limpiaba la mugre de los demás, tanto la del suelo como la del corazón. 

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